A Practical Look at the First Week
Cuando decidimos reformar el salón de un piso de 64 metros cuadrados en San Miguel de Tucumán, sabíamos que el margen de maniobra era estrecho: tres semanas de obra, un presupuesto acotado y una familia que necesitaba seguir viviendo en la casa mientras trabajábamos. La primera semana fue, en realidad, la que definió todo el proyecto.
El punto de partida fue la distribución. El salón original tenía una pared divisoria que separaba la zona de estar del comedor, pero esa pared no soportaba carga y podía eliminarse sin intervención estructural. Decidimos quitarla el primer día, antes de tocar cualquier otro elemento. Esa decisión, aparentemente simple, cambió la percepción del espacio: al liberar la circulación, la luz natural que entraba por el ventanal del fondo empezó a llegar hasta la cocina.
La segunda decisión fue sobre los materiales. Queríamos mantener el suelo de roble macizo original, pero estaba muy castigado en las zonas de paso. En lugar de sustituirlo, optamos por lijarlo y aplicar un aceite natural con pigmento terracota. El resultado no solo conservó la textura de la madera vieja, sino que aportó un tono cálido que después condicionó la elección de todos los textiles: lino crudo para las cortinas, lana tejida a mano para el sofá y cerámica esmaltada en tonos arena para los accesorios.
La tercera semana, y aquí está lo que más nos enseñó, fue la de los imprevistos. El armario empotrado que pensábamos restaurar tenía una humedad acumulada en la base que obligó a sustituir el zócalo y a tratar la pared contigua. Ese trabajo no estaba presupuestado, pero era necesario para evitar que el problema reapareciera en unos meses. Aprendimos que, en una reforma, conviene reservar al menos un diez por ciento del presupuesto para este tipo de sorpresas. No es una cifra mágica, pero en proyectos pequeños suele ser suficiente.
Al final de la primera semana, el salón ya no era el mismo. La pared había desaparecido, el suelo recuperaba su brillo y las nuevas lámparas de arcilla colgaban sobre la mesa de roble. Lo más interesante fue comprobar cómo las decisiones prácticas —quitar una pared, lijar un suelo, elegir un aceite en lugar de un barniz— terminaron definiendo la estética del conjunto. No hicimos nada especialmente arriesgado, pero cada elección respondía a una necesidad concreta y eso se nota en el resultado.
Para quien esté pensando en una reforma similar, mi consejo es simple: empiecen por lo estructural, reserven margen para lo imprevisto y no tengan miedo de trabajar con materiales que ya están en la casa. La madera vieja, bien tratada, tiene un carácter que ninguna pieza nueva puede imitar.